¿No es extraño que, cuando nos enamoramos, cuando conocemos ese sueño, ese extraordinario malestar, esa cosa, la única capaz de interesarnos e interesar a la otra persona, sea siempre, por alguna fatalidad imposible de explicar, de un ser perfectamente común que se constituye en portador del hechizo y en hechicero, en vehiculo por el cual todas esas cosas nos llegan?